La sinceridad del gesto

by - 3/03/2019

Cuando subimos a un escenario (incluso días antes) en no pocas ocasiones sentimos nerviosismo, temor.... Temor a no gustar suficiente, a ser poca cosa para ese público, a decepcionar, a equivocarnos... Paradójicamente esta reticencia al momento de exposición suele ir unida a un gran deseo por mostrar y entregarse. 

Es posible que tú que estás leyendo estas líneas hayas podido sentir esa angustia en algún momento de tu vida y te gustaría deshacerte de ella. En primer lugar es importante identificar su origen. Al margen de situaciones personales puntuales que puedan estar afectando el estado psicológico de una persona, cuando te dedicas habitualmente a la danza y no consigues superar la ansiedad debemos remitirnos a nuestro ego, entendido como la conciencia de nuestro propio ser, el mismo que desea mostrar y al tiempo merma la seguridad en nosotros mismos.

Trabajar a nivel psicológico es fundamental para un bailarín (ya sea profesional o aficionado) puesto que se requiere un equilibrio emocional constante para afrontar una disciplina donde ego y exposición a los demás son dos características con gran desgaste, pudiendo derivar en egolatría o pánico escénico. Sin embargo, bien conducidas y entrenadas consiguen aportar valentía y desparpajo. 

En el ejercicio diario de esta profesión, el bailarín ha de tener presente que él es ante todo un vehículo de ideas, pensamientos, sensaciones; es un alma que, a través de la obra escénica, conecta con otras. Es ciertamente una forma de plantear el entrenamiento, no la única, pero sí muy útil para no desviar la danza de su orientación artística abriendo la mente al desarrollo simultáneo de técnica y emoción.

Cuando interiorizamos en nosotros mismos tomamos conciencia de virtudes y carencias, también de las inquietudes y comienza el proceso de creación. La danza es el arte a través del cual vehiculamos los mensajes con nuestro cuerpo y tratamos de hacerlo de la forma más bella posible pero también hemos de intentar que sea con la máxima sinceridad

Fátima Hispania, Muzalat 2018

La autorreflexión y la veracidad de nuestra expresión nos irán conduciendo por una senda de necesaria humildad. Digo necesaria no sólo por no vivir en la autocomplacencia sino también porque es el momento en el que sentimos control sobre el ego. Cuando salgo a escena sé que siempre habrá personas con más habilidad o muy entendidas, pero el hecho de reconocerlo aporta una profunda tranquilidad pues te aleja de la opresión de la decepción, de la imitación o de intentar ser algo distinto de ti, alienando tu propio ser y por ende perdiendo cualquier atisbo de coherencia entre tu interior y la imagen proyectada.

Cuando subo a escena intento ser principalmente sincera en lo que quiero expresar, no voy a decir a nadie "soy la mejor en este giro" sino "esto es lo que quiero contarte hoy". Es un claro ordenamiento de prioridades mentales. No necesitas ser la bailarina más técnica para llegar al público sino salir con la seguridad de que sí sabes lo que quieres transmitir y en ese punto encontrarás la relajación necesaria. 

Con eso no quiero decir en absoluto que no debamos formarnos para mejorar progresivamente nuestros recursos pero no olvidemos que estamos en continua evolución. El hecho de que dentro de cinco años poseamos mayor nivel técnico que hoy no es ningún impedimento; si así fuera, el bailarín sólo se mostraría una vez en la vida, el último de su formación. 


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